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1月17日 Tomado de un foro (sabio recuerdo).El PP, el partido con el que hubo más paro, el partido con el que hubo un déficit del 1%, el partido con el que nos congelaron sueldos mínimos y pensiones mínimas, el partido que nos quiso quitar el salario de tramitación, que nos impuso el medicamentazo y el decretazo, el partido que no permitió voces discordantes en la calle, ese partido, que no ha respetado a nada ni a nadie. El PP, el que no hizo nada para evitar el 11-M e incluso lo permitió teniendo datos sobre el inminente atentado, el PP que prefiere la guerra a la paz, que apaleó manifestantes, el que liberó a 172 etarras, el partido que miente, miente más y miente mucho más, el partido que pactó con PNV y CiU para traicionarlos e insultarlos después (Pujol, enano, habla castellano, ¿recuerdan?). El partido de la hipocresía, la mentira, la división, el odio. Ése es el partido que ha defenestrado al derechista menos derechista de los suyos, el mismo que nos quiere malgobernar, ¡evitémoslo! 1月8日 Viva el sacrilegio mexica!!!Aquí van unos versos de la mordaz Liliana Felipe a la que he tenido la suerte de conocer gracias a YouTube, ¡¡¡genial!!!
Y todavía hay gente que no venera las reliquias:
los sesenta dedos del Bautista,
las cuarenta cabezas, auténticas, de Santa Julia todavía.
El divino prepucio,
los sobrinos del cura,
el sagrado cordón umbilical,
La MIERDA pontificia,
la honda de David
¡la mala onda de Goliat!
1月3日 En ausencia de Zapirón
Por: Antonio Miguel Utrera Blanco
[…]Mas el alma del gato es su orgullo. Su sangre y nervio son la libertad. Jamás se humilla su mirada. Qué pureza sutil de sensaciones hay siempre en lo secreto de su sentir en la pulcritud, en la serenidad y belleza de sus posturas, en lo sobrio de sus gestos. Kavafis, el gato.
Zapirón, casi siempre Zipi, (sí, con zeta), también fue el gato-cordero, Zípitrus, Zapironcete, Zapi, Zapito, Zipito, el gordito y, en sus inesperados últimos días, cositamía. Sí, este gato que fue tantos y sólo uno a la vez maúlla, desde las ocho menos diez de la pasada y fatídica tarde del ocho de octubre de dos mil siete, sus múltiples nombres en el cielo al que van los gatos ateos.
Una noche de agosto de mil novecientos noventa y nueve, una bolita de pelo blanco y rubio maullaba su soledad en los bajos de una furgoneta aparcada a las puertas de mi portal. Me agaché para verlo mejor y al hacerle un gesto invitándole acercarse a mí, salió de la sombra y se dejó ver con sus pelos despelujados al tiempo que me dedicaba un ruidito que no llegó a maullido. Era un cachorro de gato común que apenas llegaba a los tres meses. Minutos más tarde ya era un miembro más de la casa en la que por entonces también vivía Misifú con el scompartía color de pelo y que actuó como padre adoptivo.
Al morir Misifú (que al igual que Zipi guardaba múltiples nombres) en enero de dos mil dos, Zipi siguió creciendo despuntando en él una bondad supragatuna que le hizo no morder nunca, ni siquiera en broma. Pronto empezó a destacar en él su gusto por la literatura y su afán por leer los libros que yo leía. Si me ponía a escribir, él se colocaba encima de los papeles y observaba con detenimiento los reglones que plasmaba. Últimamente, Zipi me acompañaba en la lectura de los libros de la facultad, aunque él prefería los tomos de la Menéndez Pidal sobre los que echaba, de tanto en tanto, una plácida cabezadita.
Pero antes, en aquel año de dos mil dos, leímos juntos Así habló Zaratustra. Ambos descubrimos muchas cosas. Gracias a esta lectua, Zipi pasó de ser un simple gato (algo que realmente nunca fue) a convertirse en un supergato nietzscheano. Con sus bigotes al estilo del filósofo descubrió que no había más meta en la vida que la propia vida y se hizo vitalista, alegre, vivaz y ateo. Él sólo creía en los gatos bípedos que hemos vivido con él estos ocho años suyos. Nietzsche, por ello, formó parte del elenco de nombres que lo denominaba.
También amó el cine y sé que le habría gustado trabajar con Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. El cine potenció su ternura y su cariño que mostabra sin dudarlo a las visitas. Era un gato que confiaba en la bondad de los desconocidos.
Y si durante cuatro años y medio compartimos sólo alegría, en la tristeza siguió regalándonos su dulzura. Junto a él lloré el día que murió Terenci, junto a él compartí lágrimas por Angélica y tras superar la posibilidad de haberse quedado viudo de mí, siguió dándome la mayor de las felicidades.
Creo que han sido estos últimos cuatro años los más intensos, los más plenos, los más felices. Hace apenas un año empezó a disfrutar de su pequeño jardín en el que adoraba a piedras, plantas y hojas secas. Un jardín, huérfano de él, en el que ahora maullamos en vano sus múltiples nombres.
El Olvido doliente, 9 de octubre de 2007 |
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